Por César Orozco
Hay algo profundamente extraño en nuestra manera de discutir la educación: esperamos que una prueba aplicada durante unas horas sea capaz de decirnos cómo está un sistema educativo construido durante décadas.
Cada tres años ocurre lo mismo. Aparece PISA, aparecen los números, aparece la tabla de posiciones y, casi inmediatamente, comienza la discusión sobre quién ganó, quién perdió, quién está reprobado y quién debería sentirse orgulloso.
México quedó, una vez más, lejos de los países con mejores resultados.
En PISA 2025 obtuvo 388 puntos en Matemáticas , 408 en Lectura y 414 en Ciencias. El promedio de la OCDE fue de 463, 461 y 482 puntos, respectivamente. En Matemáticas , solamente 30% de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico de desempeño; en Lecturas y Ciencias lo hizo aproximadamente la mitad.
Son números preocupantes. Sería absurdo negarlo.
Pero también sería un error convertirlos en una sentencia definitiva sobre la educación mexicana.
Y aquí comienza mi primera objeción.
PISA nació para comparar sistemas educativos y conocer qué pueden hacer los jóvenes de 15 años con lo que han aprendido. No es, estrictamente hablando, el viejo examen de memorización que muchos tenemos en la cabeza. La edición 2025 incluso incorporó resolución de problemas computacionales y busca evaluar competencias para la vida y el trabajo.
Sin embargo, la lógica sigue siendo la de un examen estandarizado: mismas preguntas, mismas reglas, misma escala y después una clasificación internacional.
¿De verdad es razonable pensar que una adolescente de Guadalajara, un estudiante de Finlandia, un joven de Japón y otro de Colombia llegan a la misma prueba con las mismas condiciones de partida?
La propia OCDE reconoce que el contexto económico y social importa. En PISA 2025, el nivel socioeconómico explicó alrededor de 12% de la variación del desempeño en ciencias dentro de los países de la OCDE y, en promedio, los estudiantes socioeconómicamente favorecidos obtuvieron 85 puntos más que los desfavorecidos.
Entonces, sí: comparar sirve. Pero comparar no significa simplificar.
Y quizá el mayor problema comienza cuando los resultados dejan de ser una herramienta de diagnóstico y se convierten en una tabla de posiciones.
México aparece en el lugar 37 de 38 países de la OCDE en el promedio de matemáticas, lectura y ciencias calculado por el Instituto Mexicano para la Competitividad. En Ciencias y Lectura ocupa el penúltimo sitio y en Matemáticas el antepenúltimo.
El dato es duro.
Pero una tabla de posiciones tiene un efecto perverso: convierte una discusión sobre aprendizaje en una discusión sobre ganadores y perdedores.
Y cuando una sociedad se acostumbra a mirar la educación de esa manera, comienza a etiquetar.
“México está mal”.
“Los maestros están mal”.
“Los alumnos no saben”.
“Finlandia está bien”.
“Asia lo hace mejor”.
El problema es que un sistema educativo no es un equipo de futbol.
No existe una alineación que pueda cambiarse el próximo domingo para subir tres lugares en la tabla.
La educación necesita años para mostrar resultados. La OCDE reconoce que los cambios educativos pueden tardar una década o más en reflejarse en los estudiantes de 15 años. Incluso advierte que una parte de los cambios observados en PISA puede tener su origen en decisiones tomadas mucho antes.
Por eso me parece todavía más importante discutir las implicaciones económicas.
Porque aquí es donde PISA deja de ser solamente un asunto de educación.
La OCDE lleva años sosteniendo que las habilidades cognitivas tienen una relación importante con el crecimiento económico. En 2010 se calculó que un aumento relativamente modesto de 25 puntos en el desempeño promedio de PISA, sostenido durante dos décadas, podría generar un incremento acumulado de 115 billones de dólares en el PIB de los países de la OCDE a lo largo de la vida de la generación nacida en 2010.
Es una cifra gigantesca.
Y precisamente por eso debemos tomar en serio el aprendizaje.
Una persona que no puede interpretar información, resolver un problema matemático básico, distinguir entre hechos y opiniones o evaluar una fuente no solamente enfrenta dificultades en la escuela. También puede enfrentar dificultades para conseguir determinados empleos, adaptarse a nuevas tecnologías, capacitarse o aumentar su productividad.
El propio IMCO ha advertido que las brechas educativas tienen consecuencias sobre las oportunidades laborales y los ingresos. En México, por ejemplo, las personas con licenciatura tienen ingresos promedio superiores a quienes solamente concluyeron el bachillerato.
La discusión, entonces, no debería ser si PISA “nos cae bien” o “nos cae mal”.
Debería ser qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes puedan competir en una economía que cambia mucho más rápido que los planes educativos.
Y aquí aparece una paradoja que me parece fundamental.
Estamos utilizando una prueba internacional para evaluar las habilidades de jóvenes que viven en un mundo dominado por inteligencia artificial, redes sociales, algoritmos, videos cortos, sobreinformación y cambios acelerados en el mercado laboral.
La propia PISA 2025 encontró que en la OCDE cayó el desempeño en Lecturas y Matemáticas a niveles históricamente bajos. Entre 2015 y 2025, la lectura perdió 28 puntos y Matemáticas 22 puntos en promedio. La OCDE estima que 20% de los estudiantes de sus países miembros son ahora de bajo desempeño simultáneamente en Ciencias , Lectura y Matemáticas.
Entonces quizá la pregunta incómoda no es solamente si PISA es demasiado tradicional.
También habría que preguntar si nosotros seguimos entendiendo la educación con categorías demasiado tradicionales.
Porque una cosa es evaluar conocimientos y otra convertir la evaluación en el objetivo.
Y aquí aparece un problema del que poco hablamos: el incentivo.
Un estudiante de 15 años sabe perfectamente que PISA no le va a cambiar su calificación, no determinará si pasa de grado y, en términos personales, probablemente tampoco le ofrecerá una recompensa inmediata.
¿Por qué debería esforzarse al máximo?
No es una especulación completamente teórica. La propia OCDE estudia desde hace años este problema. En PISA 2022, 71% de los estudiantes de los países de la organización declaró que habría puesto más esfuerzo si la prueba hubiera contado para sus calificaciones. La OCDE advierte que PISA es una evaluación de bajo impacto para los alumnos: no reciben una calificación individual que afecte su trayectoria escolar.
Esto no significa que los estudiantes mexicanos hayan contestado mal porque “no quisieron trabajar”.
Pero sí significa que debemos reconocer que una prueba de bajo impacto mide una combinación de conocimientos, habilidades y disposición para resolver el examen.
Y eso importa.
También importa para los profesores.
Un maestro puede dedicar meses a preparar a sus alumnos para una evaluación que conoce, que forma parte del calendario escolar y cuyos resultados tendrán consecuencias visibles. PISA es otra cosa: llega periódicamente, selecciona una muestra de estudiantes y después produce una fotografía nacional.
¿Dónde está el beneficio inmediato para el alumno?
¿Dónde está el beneficio inmediato para el maestro?
¿Dónde está la retroalimentación que le permita a una escuela saber exactamente qué debe modificar el lunes siguiente?
La OCDE sabe que éste es un problema. Por eso estudia el esfuerzo, la motivación y el comportamiento de los estudiantes durante la prueba. En otras palabras: hasta el organismo que diseña PISA reconoce que el resultado no depende únicamente de lo que el alumno sabe, sino también de cuánto se involucra con la evaluación.
Y eso debería obligarnos a ser más cuidadosos con las etiquetas.
Porque decir que México “reprobó” PISA es periodísticamente atractivo, pero metodológicamente pobre.
México no fue a presentar un examen escolar.
No existe un aprobado y un reprobado.
Existe una escala de desempeño, niveles de competencia y diferencias estadísticamente significativas que deben interpretarse.
Y tampoco todo es desastre.
México tiene algunos datos que vale la pena mirar. La OCDE encontró que 80% de los estudiantes mexicanos dice sentir curiosidad por muchas cosas, 76% afirma que pone esfuerzo adicional cuando una tarea se vuelve difícil y solamente 11% considera que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, frente a 24% en promedio en la OCDE.
Eso me parece mucho más interesante que la posición 37.
Porque detrás de esa cifra hay una generación que, al menos en buena medida, sigue teniendo curiosidad y disposición para aprender.
El problema es que esa disposición no está produciendo los resultados que necesitamos.
No sirve de mucho discutir durante una semana si PISA es neoliberal, tradicional, sesgada, injusta o insuficiente si después no somos capaces de responder qué matemáticas debe dominar un adolescente, qué debe poder comprender cuando lee un texto, cómo debe evaluar una información falsa, cómo debe utilizar una herramienta de inteligencia artificial y qué conocimientos necesita para incorporarse a una economía que cambia todos los días.
Tampoco sirve esconder los malos resultados detrás de la crítica a la prueba.
Pero tampoco sirve utilizar PISA como garrote político.
La Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo cuestionó precisamente que una misma prueba se aplique a países con características diferentes y destacó que el desempeño en ciencias de México se mantuvo relativamente estable. La OCDE, por su parte, ha señalado que México mostró cierta resiliencia en un contexto internacional de retrocesos, aunque también dejó claro que los resultados de aprendizaje deben elevarse y que persisten desigualdades.
Ambas cosas pueden ser ciertas.
Podemos reconocer las limitaciones de PISA y, al mismo tiempo, aceptar que sus resultados contienen señales que no deberíamos ignorar.
Podemos cuestionar las tablas de posiciones y, al mismo tiempo, preguntarnos por qué solamente 30% de nuestros jóvenes alcanza el nivel básico en matemáticas.
Podemos defender a los maestros y, al mismo tiempo, exigirles mejores condiciones de formación y herramientas.
Podemos reconocer que un adolescente no tiene un incentivo directo para contestar PISA y, al mismo tiempo, pedirle que se esfuerce porque su resultado forma parte de una fotografía que puede ayudar a cambiar las políticas educativas.
Y, sobre todo, podemos dejar de discutir la educación como si fuera una competencia deportiva.
La economía no necesita que México gane una medalla en PISA.
Necesita jóvenes capaces de leer, comprender, calcular, cuestionar, crear, resolver problemas y aprender cosas nuevas durante toda su vida.
Porque ahí está la verdadera implicación económica de PISA.
No en el lugar que ocupamos en una tabla.
Está en lo que ocurre después, cuando esos jóvenes llegan a una universidad, buscan un empleo, intentan emprender, reciben una capacitación, utilizan una máquina, interpretan un contrato, analizan una información o enfrentan una tecnología que todavía no existe.
Ahí es donde se juega el verdadero resultado.
Y ese examen todavía no lo ha aplicado la OCDE.
Lo estamos presentando todos los días.