El crecimiento de la población mayor plantea retos para las pensiones, la salud, los cuidados, las ciudades y la vida cotidiana de millones de personas
Envejecer es una buena noticia cuando significa vivir más años. El problema comienza cuando una sociedad consigue aumentar su esperanza de vida, pero no transforma al mismo ritmo sus sistemas de salud, sus ciudades, sus empleos, sus viviendas, sus esquemas de protección social y, sobre todo, la manera en que entiende la vejez.
México se encuentra precisamente en ese punto de inflexión.
Con motivo del Día del Abuelo, que se conmemora cada 28 de agosto, especialistas de la Universidad de Guadalajara (UdeG) llamaron a acelerar los cambios necesarios para enfrentar el crecimiento de la población de personas mayores. La advertencia no se refiere solamente a cuántos mexicanos tendrán 60 años o más, sino a las condiciones en las que llegarán a esa etapa de la vida.
En Jalisco el fenómeno ya es visible. De acuerdo con las proyecciones de población del Consejo Nacional de Población (CONAPO), retomadas por el Instituto de Información Estadística y Geográfica (IIEG), en 2025 había 1 millón 127 mil 882 personas de 60 años y más en el Estado, equivalentes a 12.7% de la población. Son 606 mil 891 mujeres y 520 mil 991 hombres. (IIEG)
La cifra ayuda a dimensionar el cambio, pero hay otro dato que permite entender su velocidad: según la demógrafa Patricia Noemí Vargas Becerra, de la UdeG, alrededor de 118 personas cumplen 60 años cada día en Jalisco.
Y el grupo seguirá creciendo.
El IIEG, con base en las proyecciones de CONAPO, estima que para 2030 habrá 1 millón 353 mil 637 personas de 60 años y más en Jalisco, 14.6% de la población estatal. Esto significa que entre 2025 y 2030 se sumarían alrededor de 225 mil 755 personas a este grupo de edad, un incremento de 20%.
La transformación no ocurre únicamente porque haya más personas mayores. También está cambiando la estructura completa de la población. Hay menos niñas y niños, la fecundidad ha disminuido y cada generación vive más tiempo. En consecuencia, la proporción de personas en edades avanzadas aumenta mientras disminuye el peso relativo de los grupos más jóvenes.
Las proyecciones nacionales de CONAPO muestran la dimensión de largo plazo. Para 2070, México tendría 48.4 millones de personas de 60 años y más, equivalentes a 34.2% de la población. Es decir, aproximadamente una de cada tres personas estaría en ese grupo de edad.
Ese cambio no significa que México vaya a convertirse de un día para otro en un país de personas dependientes. Y aquí es importante hacer una precisión: ser mayor no significa estar enfermo, ser dependiente ni dejar de participar en la sociedad.
De hecho, una parte importante de las personas mayores continúa trabajando, participa en sus comunidades, cuida a familiares, transmite conocimientos y mantiene una vida independiente.
El problema está en que las políticas públicas no pueden diseñarse pensando solamente en la persona mayor sana y autónoma. También deben contemplar lo que ocurrirá cuando aparezcan enfermedades crónicas, discapacidad, dependencia o necesidad de cuidados.
La propia Organización Mundial de la Salud señala que el envejecimiento poblacional está generando una demanda creciente de cuidados de largo plazo y recomienda que los países desarrollen sistemas integrados que combinen atención sanitaria y apoyo social.
En México, esa necesidad ya representa una presión importante para las familias.
La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) encontró que en 2022 había 58.3 millones de personas con necesidad de cuidados en el país, equivalentes a 45.2% de la población. En ese universo están incluidas niñas y niños, personas con discapacidad, personas mayores y otras personas que requieren apoyo para realizar actividades cotidianas.
El envejecimiento hará que esa demanda aumente.
Y aquí aparece uno de los problemas menos visibles: quién cuidará a las personas mayores cuando necesiten ayuda.
Durante décadas, buena parte de los cuidados en México ha recaído en las familias y, dentro de ellas, principalmente en las mujeres. La CEPAL ha advertido que esta distribución genera una carga desigual que limita la participación laboral y económica de las mujeres y profundiza las brechas de género.
El envejecimiento, por lo tanto, no es solamente un asunto de geriatría. También es un problema de economía, empleo, vivienda, transporte, urbanismo y organización familiar.
Una persona mayor que ya no puede subir escaleras, cruzar una avenida sin semáforo adecuado o utilizar un transporte inaccesible puede perder autonomía aunque no tenga una enfermedad grave.
Por eso los especialistas de la UdeG también llamaron la atención sobre ciudades que todavía están diseñadas fundamentalmente alrededor de los automóviles y no de las necesidades de una población que envejece.
Jalisco tiene por delante un desafío particularmente importante. El IIEG reportó que en 2025 28.3% de las personas de 60 años y más participaban económicamente, alrededor de 387 mil personas. Pero existe una diferencia muy marcada por sexo: 41.9% de los hombres mayores participaba en el mercado laboral, frente a 17.5% de las mujeres.
Estos datos muestran que tampoco existe una sola forma de vivir la vejez.
Para algunas personas, llegar a los 60 años significa continuar trabajando por decisión propia. Para otras, significa seguir trabajando porque necesitan ingresos.
La diferencia es importante.
En México persisten brechas históricas en el acceso a empleos formales y sistemas contributivos de retiro. La ENASEM, elaborada por INEGI, precisamente estudia las condiciones laborales, los ingresos, las pensiones, la salud, la discapacidad y las redes familiares de las personas de 50 años y más.
Además, el problema económico no desaparece porque exista una pensión universal.
En 2026, la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores entrega 6 mil 400 pesos bimestrales a las personas de 65 años y más. A julio de este año, más de 13.7 millones de personas adultas mayores recibían este apoyo.
El programa representa una red de protección económica muy importante para millones de familias, pero su existencia no elimina otros problemas. Una transferencia social no sustituye una pensión contributiva suficiente, ni cubre por sí misma gastos médicos, medicamentos, vivienda adaptada, cuidados de largo plazo o pérdida de autonomía.
Ese contraste resulta fundamental para entender la advertencia de los especialistas de la UdeG.
Cuando Patricia Noemí Vargas Becerra señala que México debe aprovechar los próximos años para transformarse, su planteamiento no debe leerse únicamente como una advertencia sobre el costo de las pensiones. El desafío es mucho más amplio: construir las condiciones para que las personas puedan llegar a edades avanzadas con ingresos, salud, vivienda, movilidad, redes sociales y capacidad de decidir sobre su propia vida.
La pobreza sigue siendo otro de los obstáculos.
De acuerdo con el CONEVAL, en 2022 31.1% de las personas de 65 años y más se encontraba en situación de pobreza, alrededor de 3.9 millones de personas. De ellas, 3.3 millones estaban en pobreza moderada y 600 mil en pobreza extrema. Además, 37.5% tenía ingresos inferiores a la línea de pobreza por ingresos.
Jalisco presentaba un escenario menos desfavorable que otras entidades: en 2022, 20.1% de las personas de 65 años y más estaba en situación de pobreza, de acuerdo con las estimaciones del CONEVAL.
Pero incluso esos porcentajes representan a cientos de miles de personas y muestran que la vejez puede convertirse en una etapa de vulnerabilidad económica.
También existen brechas educativas que tendrán consecuencias en los próximos años.
En Jalisco, el IIEG reportó que al segundo trimestre de 2025 28.8% de las personas de 60 años y más tenía la primaria incompleta, 29.2% había terminado la primaria, 19.5% contaba con secundaria completa y sólo 22.5% tenía al menos un grado aprobado de educación media superior o superior.
Estas diferencias importan porque el envejecimiento no ocurre igual para todos. Una persona que llega a los 70 años con una pensión, vivienda propia, redes familiares y acceso a servicios de salud enfrenta condiciones muy distintas de quien llega a esa edad sin ingresos suficientes, con enfermedades crónicas y sin una red de apoyo.
También existen diferencias importantes entre hombres y mujeres.
En Jalisco, las mujeres representan 53.8% de la población de 60 años y más. Además, la brecha se amplía conforme aumenta la edad. El IIEG registra 85.8 hombres por cada 100 mujeres en ese grupo poblacional y una proporción todavía menor entre las personas de 75 años y más.
La mayor longevidad femenina también puede significar más años de viudez, menores ingresos acumulados y mayores necesidades de cuidado.
El edadismo —la discriminación basada en la edad— añade otra capa al problema.
El investigador Mario Gerardo Cervantes, de la UdeG, llamó a dejar de considerar a las personas mayores como sujetos pasivos o incapaces de aprender, decidir y participar. La vejez, recordó, no elimina la autonomía ni la capacidad de contribuir a la sociedad.
Esta transformación cultural es tan importante como construir hospitales o modificar calles.
Una sociedad que considera que una persona dejó de ser útil al cumplir cierta edad corre el riesgo de aislarla, limitar sus decisiones y facilitar distintas formas de violencia, incluida la patrimonial y psicológica.
La salud será, sin duda, uno de los grandes campos de batalla.
Vivir más años implica también tener más población susceptible de desarrollar enfermedades crónicas asociadas a la edad. Sin embargo, eso no significa que la enfermedad sea un destino inevitable.
El geriatra Julio Alberto Díaz Ramos destacó la importancia de mantener actividad física, una alimentación saludable y actividad cognitiva. En el caso de la demencia, además, la evidencia internacional obliga a actualizar el mensaje: la Organización Mundial de la Salud estima que hasta 45% del riesgo podría prevenirse o retrasarse mediante la modificación de factores como inactividad física, tabaquismo, consumo nocivo de alcohol, aislamiento social, contaminación y enfermedades como hipertensión y diabetes.
Esto también cambia la manera de entender la prevención.
No se empieza a cuidar el cerebro a los 70 años. El riesgo de muchas enfermedades asociadas con el envejecimiento se acumula durante décadas.
Por eso, preparar a México para el envejecimiento no significa construir solamente más asilos o más hospitales. Significa prevenir enfermedades desde edades tempranas, garantizar atención primaria, detectar oportunamente problemas de salud, promover actividad física, mejorar la alimentación, mantener vínculos sociales y adaptar los espacios públicos.
También significa preparar a quienes cuidan.
La OMS considera indispensable desarrollar sistemas formales de cuidados de largo plazo y capacitar a quienes los proporcionan, incluyendo a las personas que realizan cuidados no remunerados.
En otras palabras, el futuro de las personas mayores también dependerá de si México consigue construir una sociedad del cuidado.
La discusión ya no puede limitarse a cuánto dinero recibirá una persona después de los 65 años. La pregunta más importante es otra: ¿qué condiciones tendrá para vivir con autonomía, seguridad y dignidad durante los años que le queden?
Las cifras muestran que el cambio ya comenzó.
En Jalisco, más de 1.1 millones de personas tienen actualmente 60 años o más y el grupo crecerá 20% en apenas cinco años. En México, CONAPO proyecta que para 2070 serán 48.4 millones.
No se trata, entonces, de un problema de las personas que hoy tienen 60, 70 u 80 años.
Es un problema de quienes hoy tienen 30, 40 o 50 años y algún día llegarán a esa edad.
También es un asunto de las generaciones jóvenes, porque serán ellas quienes vivirán en un país con una estructura demográfica muy diferente y, potencialmente, tendrán que sostener una mayor demanda de servicios de salud y cuidados con una población económicamente activa proporcionalmente menor.
La advertencia de los especialistas de la UdeG puede resumirse de una manera sencilla: México todavía tiene tiempo para prepararse, pero no puede esperar a que el cambio demográfico esté completamente consumado.
Envejecer no debería significar perder derechos, independencia o participación.
El verdadero reto será conseguir que vivir más años también signifique vivirlos mejor.
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