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IA no sustituye terapia: especialistas alertan sobre el “curita emocional”

Un estudio de la UdeG encontró que 12% de estudiantes consultados usa IA generativa para abordar problemas emocionales. Especialistas explican los riesgos y cómo utilizar estas herramientas con mayor responsabilidad.

Hablar con una inteligencia artificial sobre una preocupación, una discusión, una ruptura amorosa o un momento de tristeza puede resultar sencillo. Está disponible prácticamente a cualquier hora, responde de inmediato y permite escribir sin sentir, al menos inicialmente, que alguien está juzgando lo que se cuenta.

Para algunas personas jóvenes, esa facilidad se ha convertido en una alternativa ocasional para buscar orientación ante problemas emocionales. El problema aparece cuando una conversación con una herramienta de inteligencia artificial generativa comienza a ocupar el lugar de un proceso de atención psicológica que requiere seguimiento.

Especialistas del Centro Universitario de los Altos (CUAltos) de la Universidad de Guadalajara (UdeG) advierten que esta práctica merece atención, aunque aclaran que no se trata de que la mayoría de las juventudes esté sustituyendo la terapia por IA.

Los investigadores encontraron que 12% de los estudiantes consultados reportó utilizar herramientas de inteligencia artificial con fines psicológicos. Entre las plataformas mencionadas se encuentran ChatGPT y Gemini.

El dato forma parte del estudio “Impacto de los usos de la IA generativa en el bienestar subjetivo, malestar psicológico y apoyo social de estudiantes de pregrado”, realizado por investigadores de la maestría en Intervenciones Psicológicas para una Salud Integral del CUAltos.

El hallazgo, explicaron los especialistas, no significa necesariamente que ese 12% utilice inteligencia artificial como si estuviera siguiendo una terapia completa o prolongada. En muchos casos se trataría de consultas puntuales ante situaciones específicas.

Héctor Limón Fernández, profesor investigador del CUAltos, explicó que algunas personas recurren a estas herramientas para hablar de problemas, emociones, situaciones adversas o dudas relacionadas con su vida cotidiana.

Esto puede parecer inofensivo. Y en determinados usos puede serlo. Una herramienta de IA puede ayudar, por ejemplo, a ordenar ideas, encontrar información general sobre salud mental, preparar preguntas para una consulta profesional o incluso servir como apoyo para llevar un registro personal de emociones.

Lo que los especialistas consideran riesgoso es confundir ese apoyo con un proceso terapéutico.

Juan Carlos Plascencia de la Torre, coordinador de la maestría en Intervenciones Psicológicas para una Salud Integral, explicó que una respuesta inmediata puede producir alivio momentáneo, pero no necesariamente permite atender las causas de fondo de una situación emocional.

Los investigadores describen este fenómeno como una especie de “curita emocional”: la respuesta puede ayudar a contener una situación en ese momento, pero sin seguimiento existe el riesgo de que el problema permanezca y vuelva a aparecer.

Esto adquiere especial importancia cuando una persona enfrenta situaciones persistentes como ansiedad, depresión, duelo, conflictos familiares, violencia, problemas de autoestima o cualquier otra circunstancia que esté afectando de manera significativa su vida cotidiana.

Una conversación con una IA puede proporcionar palabras tranquilizadoras o sugerencias que parezcan razonables. Sin embargo, no equivale a una evaluación psicológica ni permite establecer por sí misma un diagnóstico o un tratamiento personalizado.

Los especialistas señalan una diferencia fundamental: una persona profesional de la salud mental puede observar y explorar aspectos que no aparecen necesariamente en el texto que alguien escribe frente a una pantalla.

El lenguaje corporal, los cambios emocionales durante una conversación, los silencios, la manera de relacionarse, los antecedentes personales y el contexto social son elementos que forman parte del proceso de acompañamiento psicológico.

Una IA, en cambio, trabaja con la información que recibe y genera una respuesta a partir de patrones aprendidos. Puede parecer empática y ofrecer respuestas muy convincentes, pero eso no significa que esté realizando una valoración clínica de la persona.

¿Por qué puede resultar tan atractiva?

La popularidad de estas herramientas no debería analizarse únicamente desde la idea de que las juventudes “prefieren hablar con una máquina”.

También es necesario preguntarse qué obstáculos encuentran para buscar ayuda humana.

Para una persona joven puede ser más fácil escribir desde su teléfono que pedir una cita. Puede existir miedo a ser juzgada, dificultades económicas, falta de tiempo, desconocimiento de los servicios disponibles o incluso la sensación de que el problema “no es suficientemente grave” para acudir con un especialista.

La disponibilidad también juega un papel importante. Una herramienta digital puede responder en segundos, mientras que conseguir una consulta profesional puede requerir tiempo y recursos.

Los investigadores del CUAltos consideran que estos factores forman parte de un fenómeno más amplio relacionado con la manera en que las nuevas generaciones se vinculan con la tecnología y con otras personas.

Limón Fernández expresó preocupación por la posibilidad de que, en determinados casos, la dependencia de herramientas digitales termine reduciendo los espacios de interacción humana profunda.

La advertencia no significa que utilizar IA para conversar sobre emociones sea, por sí mismo, perjudicial. El contexto, la frecuencia y el uso que cada persona haga de la herramienta son fundamentales.

No es lo mismo preguntarle a una IA cómo organizar las ideas antes de acudir a terapia que recurrir exclusivamente a ella durante meses para tratar de resolver un problema psicológico que requiere atención profesional.

Tampoco es lo mismo buscar información general sobre ansiedad que utilizar una respuesta automática para decidir si una persona necesita o no tratamiento.

¿Qué puede hacer una persona con la IA?

Una regla sencilla puede ayudar: utilizarla como herramienta de apoyo, no como sustituto de la atención profesional.

Por ejemplo, una persona podría emplear una IA para:

  • Ordenar lo que quiere explicar durante una consulta psicológica.
  • Elaborar preguntas para plantearle a un profesional.
  • Conocer información general sobre un tema de salud mental.
  • Llevar un registro escrito de emociones o situaciones que quiere comentar posteriormente.
  • Buscar estrategias generales de organización, descanso o hábitos saludables.
  • Encontrar recursos y servicios de atención disponibles en su comunidad.

Pero conviene poner límites cuando la herramienta empieza a ocupar el lugar de una persona profesional.

Si existe un malestar persistente, las emociones interfieren con la escuela, el trabajo o las relaciones, aparecen crisis recurrentes o la persona siente que ya no puede manejar por sí misma lo que está ocurriendo, es momento de buscar atención profesional.

También es importante no utilizar las respuestas de una IA para autodiagnosticarse, modificar medicamentos, suspender un tratamiento o determinar por cuenta propia la gravedad de una enfermedad.

Y hay otra consideración que suele pasar desapercibida: la privacidad.

Contarle a una IA detalles íntimos implica compartir información personal con una plataforma tecnológica. Antes de hacerlo, conviene evitar proporcionar datos que permitan identificar directamente a la persona, como nombre completo, domicilio, teléfonos, contraseñas, información financiera o documentos personales.

La facilidad para conversar con una herramienta digital no debe hacernos olvidar que seguimos hablando de información sensible.

El problema también es el acceso a la salud mental

Los especialistas del CUAltos colocan la discusión en un contexto más amplio: no todas las personas tienen las mismas posibilidades para acceder a servicios de salud mental.

Plascencia de la Torre señaló que existen diferencias entre contextos urbanos y rurales, además de brechas relacionadas con la alfabetización digital, el conocimiento sobre salud mental y la disponibilidad de servicios sanitarios.

Esto es importante porque sería sencillo concluir que las juventudes simplemente deben acudir con un psicólogo cada vez que tienen un problema. La realidad puede ser mucho más compleja.

Hay personas que no saben dónde solicitar ayuda, otras no pueden pagar una consulta particular y algunas viven en lugares donde los servicios especializados son limitados.

En ese escenario, la inteligencia artificial puede parecer una solución accesible. Pero que una herramienta sea accesible no significa que pueda sustituir la atención que requiere una persona.

Por eso, la discusión no debería limitarse a decirles a los jóvenes que “no usen IA”. También implica mejorar el acceso a servicios profesionales, brindar información confiable sobre salud mental y enseñar a utilizar responsablemente las nuevas tecnologías.

¿Cuándo dejar el chat y buscar ayuda?

Una conversación ocasional con una IA no significa necesariamente que exista un problema de salud mental. Sin embargo, hay señales que indican que no conviene quedarse únicamente con las respuestas de una herramienta digital.

Es recomendable buscar atención profesional cuando el malestar emocional persiste, aumenta de intensidad o comienza a afectar la vida cotidiana; cuando una persona deja de disfrutar actividades que antes disfrutaba; tiene dificultades importantes para dormir o alimentarse; se aísla de manera constante; experimenta crisis frecuentes o siente que no puede afrontar una situación por sí misma.

También debe buscarse ayuda inmediata ante pensamientos de hacerse daño, de no querer vivir o de lastimar a otra persona. En esos casos, una conversación con una IA no debe ser considerada un sustituto de la atención de emergencia o de un profesional de la salud.

El mensaje de los investigadores no es una condena a la tecnología. De hecho, reconocen que la inteligencia artificial tiene aplicaciones positivas en numerosos ámbitos.

La advertencia está en otro punto: una herramienta que puede conversar de manera convincente no necesariamente puede acompañar un proceso humano complejo.

La salud mental involucra historia personal, relaciones, entorno, emociones, cuerpo y circunstancias sociales. Una pantalla puede ayudar a ordenar algunas de esas piezas, pero no sustituye automáticamente el acompañamiento especializado.

Para las juventudes y sus familias, quizá la mejor manera de entender el fenómeno sea abandonar los extremos. No se trata de considerar a la IA como enemiga ni de asumir que puede resolver cualquier problema.

Puede ser una herramienta útil para informarse, organizarse y encontrar orientación inicial. Pero cuando el sufrimiento persiste o se vuelve difícil de manejar, el siguiente paso no debería ser abrir otra conversación con una máquina, sino buscar a una persona capacitada para escuchar, evaluar y acompañar.

La tecnología puede formar parte del camino. La atención profesional sigue siendo otra cosa.

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