La espera terminó.
Fueron años de obras, polémicas, expectativas, recuerdos y promesas. Fueron miles de conversaciones en las calles, en las oficinas, en los mercados y en las sobremesas familiares. Y finalmente llegó el día: el balón comenzó a rodar en la Copa Mundial de la FIFA 2026 y México volvió a ocupar el centro del planeta futbol.
La tarde del 11 de junio de 2026 quedará grabada para siempre en la memoria colectiva. El histórico Estadio Azteca —convertido en el primer estadio del mundo en albergar tres partidos inaugurales de una Copa del Mundo— abrió sus puertas para recibir el duelo entre México y Sudáfrica. Un partido que, curiosamente, repetía el mismo enfrentamiento que inauguró el Mundial de 2010.
Desde horas antes del silbatazo inicial, las inmediaciones del estadio parecían una celebración nacional. Familias enteras vestidas de verde, aficionados llegados desde todos los rincones del país, vendedores ambulantes, turistas y periodistas convivían en una mezcla de nerviosismo y esperanza.
Dentro del inmueble, la ceremonia inaugural fue un espectáculo de música, color y orgullo latinoamericano. Sobre el césped aparecieron artistas como Shakira, Maná, Los Ángeles Azules, Belinda y J Balvin, mientras miles de luces iluminaban las tribunas y una gigantesca Copa del Mundo se convertía en el centro de todas las miradas.
Pero cuando el árbitro señaló el inicio del encuentro, toda la parafernalia desapareció.
Quedaron únicamente once mexicanos frente a once sudafricanos.
Y la presión de representar a todo un país.
México salió decidido a imponer condiciones desde los primeros minutos. La selección dirigida por Javier Aguirre entendió rápidamente que no podía permitirse dudas. Cada recuperación era celebrada como un gol y cada llegada al área rival levantaba a miles de aficionados de sus asientos.
El ruido en el Azteca era ensordecedor.
Un rugido constante.
Una ola verde empujando a su equipo.
Entonces llegó el momento que todo México esperaba.
Una equivocación defensiva de Sudáfrica fue aprovechada por Julián Quiñones, quien no perdonó frente al arco. El disparo terminó en las redes y el estadio explotó. No fue un gol cualquiera. Fue el primer gol de todo el Mundial 2026. El primero entre 48 selecciones y 104 partidos. El primero de una Copa del Mundo organizada por México, Estados Unidos y Canadá.
Los abrazos se multiplicaron.
Extraños celebraron con extraños.
Padres levantaron a sus hijos.
Las banderas ondearon con más fuerza.
Por unos segundos, el país entero pareció latir al mismo ritmo.
Sin embargo, el partido estaba lejos de terminar.
Sudáfrica intentó reaccionar y encontró algunos espacios, pero la defensa mexicana mantuvo el orden. La tensión crecía conforme avanzaban los minutos. Cada balón dividido parecía una batalla decisiva.
El segundo tiempo trajo un giro importante. El conjunto africano sufrió la expulsión de Sphephelo Sithole, situación que inclinó aún más la balanza a favor del equipo mexicano.
México tenía la ventaja numérica y debía aprovecharla.
Y entonces apareció uno de los momentos más emotivos de la jornada.
Raúl Jiménez.
El delantero mexicano ha vivido una carrera llena de obstáculos, especialmente después de la grave lesión de cráneo sufrida en Inglaterra en 2020. Muchos pensaron que jamás volvería a ser el mismo futbolista. Algunos incluso dudaron que pudiera regresar al máximo nivel.
Pero el futbol suele guardar recompensas para quienes se niegan a rendirse.
Al minuto 66, un centro preciso llegó al área. Jiménez atacó el balón con decisión y conectó un remate de cabeza que terminó en el fondo de la portería sudafricana. El 2-0 estaba consumado.
La celebración fue distinta.
Más profunda.
Más humana.
El delantero levantó la mirada hacia el cielo y rompió en llanto. Dedicó el gol a su padre, recientemente fallecido. Miles de aficionados comprendieron inmediatamente que aquello era mucho más que una anotación. Era una historia de resiliencia, de dolor y de triunfo personal escrita en el escenario más grande del futbol mundial.
La ovación fue interminable.
Cada aplauso parecía reconocer no sólo al goleador, sino al hombre detrás del futbolista.
Con el marcador a favor, México administró el encuentro. Sudáfrica, disminuida por las expulsiones, intentó mantenerse con vida, pero la diferencia ya era demasiado grande. Más adelante llegaría una segunda tarjeta roja para los africanos y, en los instantes finales, César Montes también sería expulsado por México.
El silbatazo final liberó toda la tensión acumulada.
México había ganado.
Y no era una victoria cualquiera.
Era el triunfo que rompía una larga historia de dificultades en partidos inaugurales mundialistas. Durante décadas, la selección mexicana había cargado con una especie de maldición en los arranques de la Copa del Mundo. Esta vez, frente a su gente y en su casa, logró cambiar la narrativa.
El marcador final fue 2-0.
Pero la sensación fue mucho más grande que un simple resultado.
Era la confirmación de que el Mundial había comenzado.
Que México estaba vivo.
Que el sueño seguía intacto.
Mientras los aficionados abandonaban el estadio, la fiesta se extendía por plazas, calles y puntos de reunión en distintas ciudades. Miles celebraron en la Ciudad de México y otros tantos siguieron el encuentro desde espacios públicos y zonas de aficionados.
La noche cayó sobre el país con una sensación difícil de describir.
Todavía quedan muchos partidos por delante.
Quedan rivales complicados.
Quedan desafíos que pondrán a prueba el verdadero alcance de esta selección.
Pero por una tarde, una sola tarde, México volvió a sentirse protagonista del futbol mundial.
Y en el Azteca, donde tantas historias han nacido, comenzó una nueva.