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Agua limpia, familias en la calle y una marcha marcada por la violencia en Guadalajara

Niños, adultos mayores y colectivos ciudadanos se reunieron en el Parque Rojo para exigir agua de calidad y respuestas de Pablo Lemus. Los actos de personas encapuchadas, los daños a comercios y los ataques a edificios públicos terminaron por frenar la movilización pacífica.

La cita era en el Parque Rojo. Desde antes de las 11 de la mañana del domingo, familias, estudiantes, adultos mayores y distintos colectivos comenzaron a reunirse con carteles, consignas y una exigencia compartida: que el agua que llega a las casas de la Zona Metropolitana de Guadalajara sea limpia y segura.

Había personas de distintas edades. Algunos acudieron con sus hijos; otros, con familiares mayores. Los carteles expresaban el hartazgo de quienes llevan tiempo denunciando problemas con el agua y reclamaban una respuesta del gobernador Pablo Lemus. Para muchos, la movilización también significaba volver a ocupar las calles después de lo ocurrido una semana antes, cuando la primera protesta terminó con detenciones y señalamientos de abusos policiales.

El ambiente, sin embargo, comenzó a cambiar antes de que el contingente pudiera avanzar con normalidad hacia el Palacio de Gobierno.

Entre las personas reunidas aparecieron grupos de individuos con el rostro cubierto que comenzaron a provocar disturbios. Hubo vidrios rotos, daños a negocios y detonaciones de petardos que elevaron la tensión en los alrededores de la ruta prevista. Los asistentes que buscaban mantener el carácter pacífico de la movilización rechazaron que esas personas fueran identificadas como parte de la protesta ciudadana.

La escena obligó a los organizadores a detenerse y valorar si existían condiciones para continuar. Entre quienes habían llegado al Parque Rojo había niños, personas mayores y familias enteras; exponerlas a una confrontación no era una opción que estuvieran dispuestos a asumir.

La decisión fue no avanzar. Los organizadores consideraron que no había condiciones de seguridad y que era necesario evitar que la movilización quedara involucrada en los actos violentos. La prioridad era proteger a los asistentes y mantener clara la diferencia entre la protesta por el agua y los destrozos que comenzaban a extenderse por el Centro de Guadalajara.

Mientras el contingente permanecía detenido, las personas encargadas de la seguridad de los manifestantes se mantuvieron atentas a los movimientos y a los posibles riesgos. La preocupación era evitar que niños, adultos mayores y familias quedaran en medio de una confrontación. En los rostros de algunos asistentes se mezclaban la indignación por la situación del agua y la incertidumbre por lo que estaba ocurriendo a pocos metros.

La marcha había reunido a colectivos diferentes, con formas distintas de organizarse, pero con una demanda compartida: que las autoridades garantizaran el acceso al agua limpia y segura. No todos llevaban los mismos mensajes, pero el reclamo central se repetía en los carteles y las conversaciones. La exigencia apuntaba al Gobierno de Jalisco y, de manera directa, al gobernador Pablo Lemus, a quien pedían una solución al problema que afecta la vida cotidiana de miles de habitantes.

La protesta también estaba atravesada por lo sucedido el domingo anterior. La primera movilización por la calidad del agua terminó con detenciones y denuncias de uso excesivo de la fuerza. La segunda convocatoria pretendía exigir respuestas sobre el suministro y la calidad del líquido, pero también justicia y esclarecimiento por los hechos que habían generado polémica durante la semana.

En el recorrido llamó la atención la escasa presencia visible de policías uniformados en algunos puntos de la concentración. Al mismo tiempo, varios asistentes señalaron a personas que consideraban posibles policías o militares vestidos de civil, a partir de su apariencia y corte de cabello. Sin embargo, esos señalamientos no fueron confirmados por las autoridades y no es posible establecer la identidad o adscripción de esas personas sólo por su aspecto.

La incertidumbre se sumó a la tensión de una jornada que, para muchos, debía ser una oportunidad de manifestarse sin exponerse a nuevos enfrentamientos. La decisión de detener la marcha respondió, precisamente, al temor de que los actos de quienes estaban provocando disturbios terminaran por poner en riesgo a quienes acudieron a expresar su inconformidad de manera pacífica.

Los grupos de encapuchados continuaron su desplazamiento hacia el Centro Histórico y llegaron a la zona del Palacio de Gobierno. Ahí, durante varias horas, se registraron actos destructivos y lanzamiento de petardos. Los daños en edificios públicos y comercios contrastaron con las imágenes de las familias que poco antes sostenían carteles para pedir agua limpia.

Conforme avanzó la tarde, la movilización ciudadana se fue disolviendo. La decisión se tomó en asamblea entre los organizadores, que optaron por no continuar bajo aquellas condiciones. La protesta no avanzó como estaba prevista, pero tampoco desapareció la razón por la que las personas se habían reunido.

La jornada dejó dos escenas difíciles de conciliar: por un lado, familias, estudiantes, adultos mayores y colectivos que acudieron a reclamar un derecho básico; por otro, destrozos que mantuvieron la tensión en el Centro de Guadalajara hasta entrada la noche. La violencia terminó por ocupar el espacio público y desplazar, al menos durante varias horas, la discusión sobre el problema que había convocado a los ciudadanos.

Al final, quienes acudieron al Parque Rojo se retiraron sin una respuesta visible a su principal exigencia. Los daños a edificios y negocios no resolvieron la preocupación por el agua, y la suspensión de la marcha tampoco puso fin al reclamo de los habitantes de la Zona Metropolitana.

Detrás de cada cartel había una necesidad cotidiana: abrir la llave de la casa y contar con agua de calidad, sin tener que vivir con la incertidumbre sobre sus condiciones. Esa demanda reunió a personas de distintas edades y colectivos que, pese a sus diferencias, coincidieron en pedir una solución.

La movilización del domingo terminó antes de completar el recorrido, pero dejó una pregunta que sigue pendiente para las autoridades: ¿cuándo tendrán los habitantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara una respuesta clara y verificable sobre la calidad del agua que llega a sus hogares?

Mientras esa respuesta no llegue, el reclamo ciudadano seguirá teniendo un motivo para volver a las calles.

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