Por César Orozco
Hay una escena que comienza a repetirse en las escuelas: un teléfono que desaparece dentro de una mochila cuando entra el profesor al salón. El aparato queda allí, silencioso, como si el problema de nuestro tiempo pudiera resolverse simplemente cerrándola.
Pero quizá el teléfono no sea el verdadero problema.
Quizá el problema sea que todavía no hemos decidido qué queremos enseñarles a nuestros hijos acerca del mundo que ese teléfono representa.
México ha decidido avanzar hacia una regulación más estricta del uso de dispositivos personales en las escuelas. La decisión tiene razones atendibles. La distracción existe, las redes sociales pueden irrumpir en la convivencia escolar y el uso indiscriminado de las pantallas puede interferir con el aprendizaje.
Los datos de PISA 2025, por ejemplo, muestran que en México los estudiantes que acuden a escuelas donde no se permite el uso de celulares dentro del plantel son alrededor de 25 por ciento menos propensos a reportar distracciones digitales; el promedio de la OCDE es de 13 por ciento. En 2025, 27 por ciento de los estudiantes mexicanos asistía a escuelas con una prohibición de este tipo, frente a 49 por ciento en el promedio de la OCDE.
El dato merece atención.
Pero también merece una pregunta.
¿Estamos formando estudiantes capaces de convivir con la tecnología o estamos formando estudiantes que únicamente saben obedecer cuando la tecnología está prohibida?
La diferencia no es menor.
Porque el teléfono que hoy se guarda durante una clase será mañana una herramienta de trabajo. La inteligencia artificial que ahora genera dudas en los salones será parte de profesiones que todavía no existen. Las máquinas que comienzan a escribir, traducir, diseñar, investigar, programar y analizar no van a desaparecer porque una escuela haya decidido que durante seis horas nadie puede sacar un dispositivo del bolsillo.
La tecnología no está llegando.
Ya llegó.
Y en buena medida, nuestros estudiantes ya están viviendo dentro de ella.
PISA 2025 ofrece una cifra que debería obligarnos a mirar esta discusión desde otro ángulo: 47 por ciento de los estudiantes mexicanos reportó utilizar chatbots de inteligencia artificial para ayudarse a aprender al menos una vez por semana, prácticamente el mismo porcentaje registrado en el promedio de la OCDE, que fue de 46 por ciento. En México, 40 por ciento dijo utilizar IA para realizar investigaciones preliminares, 34 por ciento para resumir textos y 35 por ciento para preparar borradores de trabajos escritos. Apenas 8 por ciento señaló que nunca o casi nunca utiliza estos chatbots en las tareas examinadas por PISA.
Es decir, mientras nosotros discutimos dónde debe guardarse el teléfono, nuestros estudiantes ya están aprendiendo a conversar con máquinas.
La escuela corre el riesgo de discutir el siglo XXI con herramientas conceptuales del siglo XX.
La autoridad pedagógica necesita límites. El aula necesita concentración. El recreo necesita conversación, juego y contacto humano. La escuela debe proteger a los estudiantes frente al acoso, la exposición de su intimidad y el uso irresponsable de las redes.
No propongo una escuela sin reglas. Tampoco una especie de paraíso tecnológico donde cada alumno pueda hacer lo que quiera con una pantalla mientras el profesor intenta recuperar la atención perdida.
Sería ingenuo.
Pero una cosa es establecer límites y otra muy distinta convertir la restricción en el principal método educativo.
Porque prohibir es relativamente sencillo.
Educar es mucho más difícil.
Prohibir consiste en establecer una frontera: hasta aquí puedes llegar.
Educar consiste en algo más incómodo: enseñar por qué una persona debe decidir por sí misma no cruzarla.
Y esa diferencia será decisiva en los próximos años.
La inteligencia artificial plantea precisamente ese dilema. No basta con decirle a un estudiante que no copie una respuesta generada por una máquina. Hay que enseñarle por qué presentar como propio aquello que no produjo es una forma de deshonestidad. No basta con decirle que no comparta una fotografía. Hay que enseñarle que detrás de una imagen existe una persona cuya intimidad merece respeto. No basta con advertirle que una noticia puede ser falsa. Hay que enseñarle a comprobarla.
La escuela debe pasar de enseñar únicamente el uso de las herramientas a enseñar la responsabilidad sobre sus consecuencias.
No es una idea extravagante.
La UNESCO ha desarrollado un Marco de Competencias para Estudiantes en materia de inteligencia artificial que propone precisamente preparar a los jóvenes para convertirse en usuarios responsables y también en creadores de IA. El marco contempla competencias relacionadas con una mentalidad centrada en el ser humano, la ética de la IA, las técnicas y aplicaciones de estas herramientas y el diseño de sistemas de IA, con una progresión que va de comprender a aplicar y crear.
Hay aquí una lección que México debería escuchar.
La educación tecnológica no puede reducirse a enseñar qué botón apretar.
La verdadera alfabetización digital consiste también en aprender qué consecuencias tiene apretar ese botón.
Porque una inteligencia artificial puede producir un texto en segundos, pero no puede asumir la responsabilidad moral de quien decide entregarlo como propio. Puede fabricar una imagen, pero no puede decidir si debe utilizarse para humillar a alguien. Puede ofrecer una respuesta convincente y equivocada, pero no será ella quien enfrente las consecuencias de haberla creído sin verificar.
La máquina calcula.
El ser humano responde.
Y quizá esa sea una de las últimas fronteras que la educación no puede permitirse abandonar.
Por eso considero que México debería discutir algo más ambicioso que una política de restricciones: la creación de una formación permanente en Ética del Usuario, desde los primeros años de la educación y con contenidos adecuados a cada edad.
No una materia de informática.
No un curso para aprender a utilizar aplicaciones.
No una lista interminable de prohibiciones.
Una materia para aprender a vivir con la tecnología.
Ética del Usuario podría enseñar privacidad, identidad digital, derechos de autor, inteligencia artificial, desinformación, ciberacoso, seguridad de datos, respeto a la intimidad, pensamiento crítico y responsabilidad en redes sociales. Pero también debería enseñar algo todavía más elemental: que detrás de cada pantalla hay seres humanos y que nuestras acciones digitales tienen consecuencias reales.
La UNESCO, de hecho, plantea que los estudiantes deben desarrollar conocimientos, habilidades y valores que les permitan relacionarse con la inteligencia artificial de manera ética y eficaz. Su marco insiste en la importancia del juicio crítico, la responsabilidad ciudadana y un enfoque centrado en las personas.
Esto resulta particularmente importante para México.
No podemos aspirar a competir con las economías que están construyendo el futuro mientras educamos a nuestros jóvenes como si el futuro fuera una amenaza de la que debiéramos protegerlos.
Las potencias tecnológicas no están esperando a que resolvamos nuestra relación con el teléfono celular. Están desarrollando modelos de inteligencia artificial, robótica, biotecnología, automatización y sistemas capaces de transformar industrias enteras.
Nuestro problema no es que los jóvenes sepan demasiado de tecnología.
Nuestro problema sería que sepan utilizarla sin comprenderla, obedecerla sin cuestionarla y depender de ella sin conservar la capacidad de pensar.
La diferencia es enorme.
Un estudiante que sabe utilizar una herramienta digital puede ser un consumidor.
Un estudiante que comprende sus posibilidades, reconoce sus límites y conoce las consecuencias de sus decisiones puede convertirse en creador.
Y México necesita creadores.
Necesita científicos, ingenieros, médicos, investigadores, artistas, emprendedores, maestros y ciudadanos capaces de trabajar con tecnologías que hoy apenas comenzamos a comprender.
Por eso también debemos mirar lo que ocurre en otros sistemas educativos.
Los datos de PISA muestran que las políticas sobre dispositivos no se reducen a una sola fórmula. Casi la mitad de los estudiantes de la OCDE estudiaba en 2025 en escuelas donde los teléfonos no estaban permitidos dentro del plantel, pero al mismo tiempo 71 por ciento asistía a escuelas con reglas específicas para utilizar dispositivos digitales con fines pedagógicos.
El mensaje es interesante: incluso donde existen restricciones, también existen reglas para aprender con tecnología.
No se trata, entonces, de escoger entre el teléfono y el libro.
Se trata de enseñar cuándo corresponde utilizar cada uno.
La escuela no debe competir contra la tecnología. Debe enseñar a comprenderla.
Tampoco debería competir contra la inteligencia artificial intentando demostrar que puede hacer lo mismo que una máquina. Su tarea es otra: enseñar aquello que una máquina no puede asumir por nosotros.
El juicio.
La responsabilidad.
La duda.
La imaginación.
La ética.
En tiempos de inteligencia artificial, acaso la pregunta fundamental de la educación no sea cuánto sabe un estudiante, sino qué hace con aquello que sabe.
Durante siglos, la escuela enseñó a leer porque leer permitía acceder al conocimiento. Hoy necesitamos enseñar a distinguir porque cualquier teléfono puede poner millones de respuestas frente a nuestros ojos.
Antes el problema era la falta de información.
Ahora comienza a ser el exceso.
Y frente al exceso de información, la inteligencia más importante puede ser la capacidad de discernir.
Por eso no me convence una educación que pretenda resolver el desafío tecnológico únicamente escondiendo los teléfonos.
Podemos guardarlos.
Podemos regularlos.
Podemos establecer momentos y espacios para utilizarlos.
Todo eso puede ser necesario.
Pero llegará el momento en que nuestros hijos salgan de la escuela, crucen la puerta y vuelvan a encontrarse con el mundo que les hemos pedido que dejen afuera.
Y entonces nadie podrá guardarles el teléfono.
Nadie podrá vigilar permanentemente qué información consultan, qué imágenes comparten, qué instrucciones escriben en un chatbot o qué decisiones toman frente a una pantalla.
Nadie podrá confiscarles la inteligencia artificial.
En ese momento solamente tendrán algo que debería haberles dado la escuela: criterio.
Por eso la discusión sobre los celulares puede ser una oportunidad mucho mayor de lo que parece.
Podemos limitarla a una batalla entre quienes quieren prohibir y quienes quieren permitir.
O podemos convertirla en una conversación sobre el tipo de ciudadanos que queremos formar.
Yo elegiría la segunda.
México necesita reglas, sí.
Pero necesita todavía más estudiantes capaces de comprender por qué existen esas reglas y capaces de actuar correctamente incluso cuando nadie los observa.
La tecnología no debe convertirse en un enemigo de la educación.
Tampoco debe convertirse en su amo.
Debe ser una herramienta.
Y para que siga siendo una herramienta, necesitamos usuarios capaces de gobernarla.
Por eso propongo que, junto con cualquier regulación sobre teléfonos y dispositivos, México incorpore en sus programas escolares una Ética del Usuario que enseñe a nuestros estudiantes no solamente a utilizar la tecnología, sino a convivir con ella.
Porque quizá el gran desafío educativo de nuestra época no consiste en enseñarles a nuestros hijos a vivir sin tecnología.
Consiste en enseñarles a vivir con ella sin dejar de ser humanos.