Por Iván Alatorre Orozco
No soy un ser humano insensible y cobarde. Procuro moverme a través de mis pasos en ese hombre que desde mi más tierna edad reclama los instantes de felicidad que encuentro en el camino de mi vida. Hay ocasiones en las que me siento perdido, ausente del color y la calidez que enriquece a los valientes. Ese coraje por acercarme a la plenitud se ha transformado en un acto de rebeldía ante las numerosas influencias que minan mi andar.
Hoy deseo poder despertarme sin la neblina de la desmotivación, con la fuerza acumulada que cada vez se reduce un poco debido a las largas caminatas recorridas durante todos estos años.
Tengo la confianza de estar haciendo lo correcto, de justificar como nunca las pequeñas batallas ganadas que me posicionan con el orgullo para seguir andando con la cabeza en alto, con la espalda en forma para lograr echarme encima la responsabilidad de la valoración de mis actos que se mueven con la congruencia que en el pasado se escondían como piedras en un costal que debía cargar sin la esperanza del mañana.
Hoy, valoro y le doy el protagonismo a la trascendencia del presente, porque solamente en él se cocina la valentía para enfrentar a los demonios que suelen emerger con violencia de mis inframundos.
Deseo estrechar la mayor cantidad de manos, dar y recibir abrazos sinceros, y proyectar con sinceridad las palabras que enriquezcan mi camino y el de muchas personas más para ganarme el derecho de descansar a profundidad cuando llegue cada noche, esa oscura noche que no me obligará más a dejar prendida una pequeña luz que actúe como paracaídas de mis miedos.
No soy más un ser humano insensible y cobarde. Y lo digo con tanto orgullo que mi pecho se llena de ese oxígeno fundamental que logra alimentar mis sueños a flor de piel.