Por Rita Vega
A veces el cuerpo se acostumbra al dolor, lo disfraza de cansancio, lo guarda bajo la rutina. Pero cuando es la mente la que sufre, el daño se oculta en un pozo sin fondo y se convierte en un espectro.
La mente abandonada no se apaga de súbito, se va desdibujando lentamente. Primero los colores pierden intensidad, luego los sabores se vuelven todos iguales y las palabras que antes entusiasmaban resuenan huecas. Al final sólo queda un zumbido constante, como un aparato encendido en una habitación desierta. Ese susurro casi imperceptible no es paz, sino un vacío que brota desde adentro y se expande hasta abarcarlo todo. La sonrisa se vuelve un gesto aprendido, y el mundo se niega a mirar detrás de las máscaras. Entonces aparece el silencio a soterrar.
La psique tiene un lenguaje propio y, al negarle la palabra, grita a través de noches sin sueño, de inquietudes sin forma, de tristezas sin causa, del pánico que irrumpe como un cortocircuito y de la niebla gris que empaña cualquier anhelo. No son debilidades, son gritos contenidos, señales de auxilio del naufragio interior.
La negligencia hacia la salud mental no siempre nace de la crueldad, sino del hábito de mirar hacia otro lado. Nos enseñaron a resistir, no a pedir ayuda, a callar, a fingir control, a creer que el dolor invisible no cuenta.
Hablar del dolor no debilita, salva. Nombrarlo es un acto de valentía que rompe el hechizo del aislamiento, es encender una lámpara en medio de la oscuridad. Cuidar la mente no es un lujo, es una necesidad vital, pues el sufrimiento, aunque no sangre en la piel, desangra por dentro.
Cuando alguien encuentra el valor para decir “no estoy bien”, construye un puente sobre el abismo de su soledad y deja entrar la primera rendija de luz. Escuchar nos hace humanos, no hay honor en ignorar el dolor ajeno, la verdadera fortaleza está en mirar de frente nuestra propia fragilidad y la de los otros.
El padecimiento se agrava cuando el entorno lo minimiza, cuando labios ajenos pronuncian frases como piedras: “échale ganas”, “no es para tanto” o “a todos nos pasa”. Estas palabras levantan muros entre quien sufre y el resto del mundo.
El mutismo, por otra parte, es cadena perpetua, un castigo compartido. Nada hiere tanto como el desinterés, esa mirada que esquiva, ese gesto que niega, ese miedo colectivo a nombrar.
El alma enferma, y su temperatura es emocional. Cuando el mundo le da la espalda, su fiebre se vuelve gélida. Por eso debemos preguntar, escuchar y tender la mano, nadie sana en soledad.
En México, tres de cada diez personas han atravesado un trastorno mental en algún momento de su vida, y más del 15% vive hoy con uno. El suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, y siete de cada diez personas con depresión nunca reciben atención profesional. Es alarmante que apenas el 2% del presupuesto nacional de salud se destine a atender la salud mental. Estas no son cifras, son el reflejo de un abandono que nos está costando vidas. Cada número representa a alguien que aprendió a convivir con su dolor hasta que el dolor se volvió más fuerte que la esperanza.
Que la salud mental deje de ser el susurro que se pierde en los bordes del alma y se convierta en el latido que devuelve al corazón su horizonte. Mientras continuemos confundiendo el silencio con la entereza, seguiremos siendo un territorio que se fractura. Porque basta ser compañía para que la realidad comience a desvestirse de luto.
Fuentes:
Secretaría de Salud, Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica (ENEP, 2023).
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Estadísticas de mortalidad 2024.
Consejo Nacional de Salud Mental (CONASAMA), Informe Anual de Salud Mental en México, 2024.