Jalisco alcanzó este martes su medalla de oro número 300 en la Olimpiada Nacional CONADE 2025. El logro, conseguido por las clavadistas Suri Cueva y Yunuen Parra en la prueba de trampolín sincronizado de 3 metros, ratifica el dominio histórico del estado en este evento deportivo. Sin embargo, detrás del espectáculo de las cifras y las preseas, el panorama del deporte jalisciense sigue enfrentando retos estructurales que las medallas no alcanzan a tapar.
Aunque la delegación jalisciense presume con razón sus resultados —liderando el medallero nacional y siendo campeona en disciplinas como clavados, pentatlón moderno y judo—, las historias que se viven fuera de las competencias reflejan una realidad menos ideal: entrenadores con contratos precarios, atletas que costean sus propios traslados y hospedajes, y un sistema de apoyos que sigue sin ser equitativo ni transparente.
La medalla 300: símbolo de excelencia… y también de contraste
La presea dorada número 300 llegó en una de las disciplinas más emblemáticas de Jalisco: los clavados. Fue en el Centro Acuático Metropolitano, una instalación de primer nivel que ha sido sede de eventos internacionales y donde se concentran buena parte de los recursos del alto rendimiento estatal. No es coincidencia que ahí se cosechen medallas con frecuencia.
Sin embargo, mientras se aplauden estos logros, entrenadores de disciplinas menos visibles denuncian falta de material, espacios inadecuados para entrenar y escasa proyección para sus atletas. En deportes como esgrima o tiro deportivo, por ejemplo, los padres de familia siguen cubriendo buena parte de los gastos para que sus hijos compitan.
¿Quién impulsa realmente a los atletas?
La narrativa oficial suele centrarse en el “compromiso con el desarrollo del talento deportivo”, pero las cifras del gasto público no siempre lo reflejan. Varios deportistas han señalado que las becas prometidas tardan en llegar o son insuficientes, mientras que la asignación de estímulos sigue dependiendo de criterios poco claros.
El dominio de Jalisco también obedece a una estructura sólida construida durante décadas, con centros de alto rendimiento, escuelas de iniciación deportiva y entrenadores capacitados. No obstante, esa estructura no está al alcance de todos. Atletas del interior del estado tienen que trasladarse constantemente a la zona metropolitana para entrenar, asumir costos personales o, en muchos casos, abandonar el deporte ante la falta de apoyo sostenido.
Disciplina, esfuerzo… y autofinanciamiento
En esta edición, la selección jalisciense ha logrado sobresalir en pentatlón moderno con 11 oros, en judo con 10, taekwondo con 14, y tiro deportivo con 11. También hay aportaciones destacadas desde esgrima, gimnasia artística, ciclismo de ruta, karate y aguas abiertas.
Pero incluso en estos deportes ganadores, las historias personales muestran el esfuerzo invisible que hay detrás. Jóvenes que entrenan a doble jornada, padres que se endeudan para pagar los uniformes, y entrenadores que trabajan por debajo de los tabuladores oficiales. Mientras las autoridades celebran las cifras, la estructura que sostiene esos logros muchas veces se tambalea en silencio.
El otro medallero: desigualdad y centralismo
La concentración de recursos en Guadalajara y Zapopan es otra de las tensiones persistentes. En municipios como Ameca, Lagos de Moreno o Tepatitlán, los atletas locales compiten en condiciones desiguales, muchas veces sin acceso a entrenadores especializados ni a instalaciones adecuadas. La distancia geográfica sigue siendo también una distancia de oportunidades.
El dominio jalisciense en la CONADE 2025, aunque innegable, también resalta el desequilibrio que existe en el sistema deportivo nacional: estados con poca infraestructura no logran siquiera alcanzar una decena de medallas, mientras que Jalisco rebasa las 300. ¿Es esto una muestra de éxito o también un síntoma de un modelo desigual?
El reconocimiento pendiente
Mía Cueva, máxima medallista del estado con siete oros, representa el talento y la dedicación que existen en la juventud jalisciense. Su esfuerzo, sin embargo, no debería ser invisibilizado por la celebración institucional. Las medallas no deben ser un capital político ni un recurso de campaña: deben ser el reflejo de un compromiso real con la formación integral de los atletas.
La pregunta que queda es si después de los aplausos, de las fotos con trofeos y de los discursos de celebración, habrá una política deportiva más justa, más incluyente y más transparente.
Lo que sigue
Las competencias aún no terminan. Taekwondo y tiro deportivo siguen en desarrollo en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Fuera del estado, disciplinas como atletismo en Tlaxcala y esgrima en Yucatán mantienen la esperanza de sumar más preseas.
Pero más allá del número final del medallero, el verdadero reto vendrá después: garantizar que ese éxito deportivo no sea efímero ni concentrado en unos cuantos. Que los jóvenes que hoy ganan para Jalisco no tengan que migrar a otros estados o países en busca de apoyo. Que el deporte deje de ser una estadística para convertirse en una prioridad permanente.